Hay una frasecita muy peligrosa que te aconseja mantener una “mente abierta”. Este es un término muy ambiguo – como demostrado por un hombre que una vez acusó a un famoso político de tener una “mente ampliamente abierta”. El término es un anti-concepto. Por “mente abierta” se entiende normalmente una actitud objetiva e imparcial hacia las ideas, pero se usa como una llamada al escepticismo perpetuo, a no mantener convicciones firmes y a no otorgarle validez a nada.

Por “mente cerrada” se entiende normalmente la actitud de un hombre imperturbable a ideas, argumentos, hechos y lógica, que se aferra testarudamente a alguna mezcla de premisas injustificadas, frases de moda, prejuicios primitivos – y emociones. Pero esto no es una mente “cerrada”, es una mente pasiva. Es una mente que ha rechazado (o nunca ha adquirido) la práctica de pensar o juzgar, y se siente amenazada por cualquier solicitud a considerar cualquier cosa.

Lo que la objetividad y el estudio de la filosofía requieren no es una “mente abierta”, sino una mente activa, una mente capaz y deseosa de examinar ideas, pero de examinarlas de forma crítica. Una mente activa no le concede el mismo status a la verdad y a la falsedad, no permanece flotando para siempre en un vacío estancado de neutralidad y de incertidumbre; al asumir la responsabilidad de juzgar, alcanza convicciones firmes y las mantiene. Al ser capaz de demostrar sus convicciones, una mente activa consigue una certeza impregnable – una certeza sin manchas de fe ciega, aproximaciones, evasiones y miedo. — Ayn Rand

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